ESCRITOS DE LA BEATA ALEJANDRINA
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27 de Febrero de 1942

Jesús, dame tus fuerzas divinas, quiero mi dolor y sin ellas nunca lo conseguiré. Que llore mi corazón noche y día, si así lo quieres, pero que se alegren mis ojos, que sonrían mis labios. Que vuestro santo amor y las almas sean la base de mi sufrimiento.

Estoy como la palomita que bate sus alas día y noche, pues no tiene donde posar. Ampárala con tu poder. Le faltan las fuerzas, no puede continuar su vuelo, cae por tierra, no tiene quien se compadezca de ella si tu le faltas.

Jesús, soy yo la que vuelo por los aires, soy yo la que soy destruida por la tempestad, soy yo la más indigna de vuestras hijitas y estoy sin luz y sin amparo.

¡Oh Jesús, no sabía que aún tenía tanto para darte! ¡Qué grande es mi ignorancia! Pensaba que ya te había dado todo, me engañé: vienes ahora a hacer la última colecta. Coge todo, recógelo deprisa y después recógeme a mí, para Vos.

El día 20, definitivamente te di cuanto me habías querido dar, hasta a mi Padrecito Espiritual. El día 24 te di toda la correspondencia que tenía, que me había servido de luz y me había encaminado hacia ti. Tú viste cuan grande fue mi sacrificio, no porque tuviera un gran apego a las cartas, sino porque me fueron pedidas en días de tanto dolor. Cuando las tomé entre mis manos y las uní con una cinta blanca, ¿Oíste, mi amor, lo que iba diciendo? Jesús me lo dio, Jesús me lo quitó.

Al entregarlas, al ya no poder posar mis ojos en ellas, sentía como todo mi cuerpo se estremecía. Pero queriendo hacerme la fuerte, murmuré siempre: ¿Acaso no es mi Jesús digno de mucho más? Todo es poco para Él, que tanto me ama y todo lo dio por mí, todo es poco para salvar a las almas.

Después de que esto pasó, mandé que quitasen el retrato de la pared. Esto, mi Jesús, poco o nada puede tener en mi haber, yo no tenía por él la más pequeña estima, de buena fe lo mandaría lanzar al fuego. El dolor que me causó fue sólo por ver que hasta con eso me pegaban, que siendo inocente hasta eso servía para hacerme sufrir. ¡Jesús mío, me cuesta tanto servir de instrumento de sufrimiento para los otros! Contempla todo mi sacrificio y lanza hacia mí tus divinas miradas llenas de compasión.

Jesús, está próxima mi crucifixión. Me veo en la cruz, clava contigo, con los ojos levantados hacia el Cielo, que ya no lo veo y grito siempre: ¡Jesús, Jesús, por qué me abandonaste? Estoy sola, me faltan los auxilios del Cielo y de la tierra. Acepto, acepto todo para consolarte, sufro todo para que se cierren las puertas del infierno.

(Después de la crucifixión)

Mi buen Jesús, siempre velas por mí, siempre estas aquí para fortificarme con tu gracia y tus fuerzas divinas. Me animaste diciendo:

— Hija mía, mi locura, es en tu crucifixión en donde está toda la salvación de las almas. Es en tu duro penar que está mi consuelo. En tu completa inmolación está mi gloria, es en tu calvario en donde está mi completa alegría. ¡Valor, valor! No te falta Jesús junto con tu Madrecita y tu Padrecito. Tienes en ti la gracia divina.

Caminé hacia el Huerto. Nunca se pueden comparar las agonías y las tristezas humanas con las Vuestras. Cuanto sufriste por mi amor. ¿Acaso tendría el valor de negarte alguna cosa? ¡Oh, no, Mi Jesús, no! Dame tu fuerza para que yo no sea capaz de tal ingratitud.

Las tinieblas del Huerto eran aterradoras. Todos los sufrimientos eran pavorosos. Los pecados del mundo eran la prensa durísima que apretaban mi corazón y el tuyo. Era el pecado, sólo el pecado la causa de todos los sufrimientos, era el pecado el que yo sentía que rasgaba mis venas, era el pecado el que me apartaba del Cielo, dejándome en el mayor abandono, obligándome a sudar sangre. Fue el pecado, sólo el pecado el verdugo de toda Vuestra Pasión. Cuanto te debo, mi Jesús, porque sufriste en mí y me asociaste a Ti.

Ya no podía resistir más, cuando llega hasta mí, en secreto, tu voz divina:

— Hija mía, tienes siempre frente a ti el amor de tu Jesús.

¡Amor mío, siento desaparecer día a día, momento a momento, todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi alma!. Sólo Vos siendo sacrificado en mí, es así como puedes vencer. Yo ya no vivo, mi Jesús, ya todo en mí es muerte. Fui flagelada, fui coronada de espinas, descansé en vuestro divino Corazón. Con amor lo apretaba a mí: Son mis deseos retenerte para siempre, no separarme nunca de Ti.

Por unos pequeños momentos tuve signos de que dejaste caer sobre mí tu gracia divina y unos pequeños rayos de vuestro Amor calientan mi corazón. Cuando descansé en la Madrecita, Ella unía sus labios santísimos a los míos, demorándose así todo el tiempo de mi descanso.

Estos no son consuelos, Jesús mío, bien sabes que todo esto desaparece par mí, son los auxilios que me das, sin ellos sería imposible mi crucifixión. Fui para el calvario, a cada paso sentía que caía por tierra, sentía que perdía la vida. Estaba clavada en la cruz, como de unas fuentes, así escurría la sangre de las llagas. Los insultos que oía, me golpeaban todo mi cuerpo. El dolor de mi corazón lo hacía sentir con tanta fuerza que parecía levantarse en mi pecho y parecía estar a punto de abrirse. Clama hacia ti, gritaba al Cielo, pero todo era inútil. Sólo tinieblas y abandono, sólo agonía mortal.

Oh Jesús mío, pasó la crucifixión, la noche va transcurriendo y en lo alto del calvario estoy con los brazos abiertos, clavada en la cruz, es la noche más triste y tenebrosa en la que grito siempre: ¡Oh Cielo, Oh Cielo, Oh Cielo que me abandonaste! Oh tierra, que me despreciaste y que me odias.

Mi grito se pierde en un mundo de abandono, mi eco se pierde en un mundo que no tiene final. Jesús mío, estoy sola, tiritando de frío y con hambre. Estoy ciega, perdí la luz. Amor mío, ¿esa luz ya no volverá a existir en el mundo? Todo en él son tinieblas, todo en él es ceguera. Mi Jesús, junta este duro penar al dolor que me causa el notar la ausencia de mi Padrecito.

Jesús, Jesús, permite todo, excepto el escándalo, yo no quiero que seas ofendido, mucho menos en aquello que merece respeto. Perdona a todos, perdóname y dame tu bendición, Jesús.