ALEXANDRINA MARIA DA COSTA

SENTIMiENTOS Del ALMA
1944

— 45

15 de Diciembre

 

Temprano, aun sin rayar el día, me desperté de un leve sueño.¡Dios mío, es viernes! Cayó sobre mí una noche oscura. Jesús, a cada momento que pasa me parece caminar hacia la muerte, no como quien camina por amor y alegría, pero como quien teme a la muerte con el mayor horror y repugnancia. Sepultada en este dolor, llegó la hora de recibir a mi Jesús. Le hice mis pedidos. Al hacerlos le recordé algunas cosas.

― Confío, confío, mi Jesús. Para no confiar en esto tendría que no creer en nada. Dije esto para desahogarme, al mismo tiempo para mostrarle a Jesús mi confianza. Lejos de pensar en obtener una respuesta, pero me la dio.

― Así es, hija mía, así es. Confía, son palabras de un Dios, son palabras de tu Esposo Jesús, que te ama y no permite, no consiente que te engañes.

Me animé más, gané más fuerza para resistir el dolor y aguantar como empujones, bromas y escarnios que recibía. Tenía que sufrir todo en silencio, con los labios cerrados. Sentía el dolor de alguien que lloraba al ver cuanto sufría y ese alguien era el amor de madre. En silencio uní mi dolor a ese dolor. Vino Jesús con su tierna y dulce voz y me dice:

― Hija mía, une tu dolor al mío, suavízalo en el amor de mi divino Corazón. Yo suavizo el mío en ti. Ámame, eres amada por mí, eres cofre de riqueza, depositaria de los dones divinos.

Hija mía, ángel querido, tu dolor fue a adornar el manto y la corona que tu Madrecita te entregó. ¡Qué brillo, qué brillo le fue dado! Es dolor de gloria, es dolor de salvación, es mar de martirio, es mar de inmolación.

Hija mía, jardín celeste de flores divinas, prado mimoso que apascenta a los pecadores. Llénalos de gracia, pureza  y amor. Guárdalos, guíalos, pastorcita divina, pastorcita escogida por Jesús. Purifícalos, purifícalos para Mí, guíalos, encamínalos a mi divino Corazón.

Hija mía, maestra de las ciencias divinas, guarda lo que fue depositado en tu corazón hace ocho días, depositado por Mí y mi bendita Madre, es el mundo, son los pecadores. Es valor infinito, es mi divina Sangre. Son almas salvadas por tu dolor. Esa anisa de querer guardar y no saber cómo es tormento que va a consumirte hasta tu muerte, día a día aumentará más.

Hija mía, donde está escrito todo lo que es divino: en ti aprenderán a amar, en ti aprenderán a sufrir, en ti aprenderán a conocer como me comunico con las almas. No lo saben no lo estudian, hacen con esto sufrir tanto a mi divino Corazón.

¡Ten valor! Quien conmigo sufre, conmigo vence. ¡Cuántas lágrimas de arrepentimiento llorarán al ver que tu nombre, ahora tan manchado, es conmigo y con mi bendita Madre, glorificado en la tierra y en el Cielo!

Ven, mi bendita Madre, ven a consolar a mi y tu hijita, ven a cubrirla de tus caricias.

Vino mi Madrecita, me tomó en su regazo, me apretó con ternura y amor, me besó y acarició y me dice:

― Hijita mía, reina escogida por Mí y por mi divino Hijo, estarás en el Cielo a mi lado y al lado de mi divino Hijo en trono de reina. Yo como Reina del Cielo y tú como reina de la tierra.

― Madre mía –dice Jesús- aliméntala y dale tu vida, la vida del alma de la que vivió siempre, la vida del cuerpo que necesita.

Mi Madrecita empezó a calentarme soplando con sus santísimos labios, unidos a los míos. Me sentí fuerte en el alma y en el cuerpo: Jesús hizo lo mismo, me calentó, me acarició y continuó:

Hija mía, estoy con mi bendita Madre para darte aquel consuelo que debías recibir de los hombres. Cuando hace años te decía que sería tu director, me refería a estos tiempos, no era para quitar a tu director. Necesitaba de él, en unión conmigo para guiarte y llevarte a las alturas que mi divino Amor exige. Ya veía la crueldad y persecución de los hombres.

¡Valor! Tu nombre que sientes enlodado, en breve será llamado con respeto y alabado junto conmigo.

— Agradecida para siempre, Jesús mío, cuantas cosas me dices, más miserable y mezquina me siento delante de ti.

 

¡Tu camino, Madre de Jesús,
Me da consuelo para llevar la Cruz.

Para llevar la Cruz en esta amargura,
Entre tinieblas, tan oscura.

Madre de Jesús, dame tu amor
Para amar con él a tuyo y mío Señor!

 

18 de Diciembre

 

Ayúdame, Jesús, de la tierra no puedo esperar ayuda. Me siento abandonada de todos y como si se voltearan contra mí. ¡Ay de mí sin Vos en cada momento! Siempre, siempre rumores de tempestad, siempre, siempre un dolor casi insoportable, un dolor sin fin. No puedo estar aquí, mi Jesús, me consumen las nostalgias del Cielo. No puedo ver y sentir la distancia que me separa de Vos. Un fuego a veces insoportable abrasa mi corazón, viene de mi boca, parece quemar mis labios. De nada vale el agua con que los refresco por algún tiempo. Es fuego, fuego, siempre fuego. Y siento que no os amo, que no conozco el amor. Pobre de mí, no sé vivir.

Estoy cansada de tanto esfuerzo que hago para guardar en mí lo que Jesús y mi Madrecita me entregaron. Siento como si estuviese siempre de brazos cruzados sobre el pecho con toda la fuerza posible para defender, para guardarlo. Otras veces voy loca a huir de un grande asalto. Viene sobre mí no sé quien, una multitud inmensa, quiere robarme lo que tengo en mi corazón y yo corro para esconder todo. Quiero enrollarlo con cadenas dentro de mí, fuertes cadenas, prisiones, gruesas prisiones para que nada me sea robado. Duro tormento para mi alma, pues nada consigo.

En las horas que así sufría, tuve un terrible asalto del demonio. Sentí entonces como si me robase todo, quedé sin corazón, sin pecho, sin nada. Era una simple cáscara de huevo que dentro nada tiene. Sentía que el robo me fue llevada a lo lejos. Me obligaba a decir:

Nada quiero guardar dentro de mí, quiero pecar, quiero gozar.

Me afirmaba que yo pecaba con muchos demonios, con ciertas personas y las nombraba, diciendo de ellas y de mí, las cosas más feas. Estaba desesperado. Blasfemaba contra Jesús y lo acusaba de reo de crímenes, me hacía temblar de miedo al oír lo que decía a Jesús (contra?). Raras veces conseguí pedir socorro al Cielo. Estaba en un baño de sudor, en un cansancio que no sé explicar. Siempre dije, sin querer decir. Mi Jesús, no puedo más. Terminó el ataque y no me podía mover. Tristísimo por verme privada de aquel tesoro inmenso que poseía dentro de mí y poseía con recelo de haber pecado, murmuraba a solas.

Dios mío, Dios mío, yo sin luz, sin guía, sin un sacerdote con quien pueda desahogar todo esto. El cielo, Jesús, Madrecita.

Los abismos habían desaparecido, pero aún oía a lo lejos los ruidos del demonio. Sentía fuertemente su rabia. En esta amargura, en posición violente, pasó un buen tiempo. ¿Si Jesús no me ayuda, quien podrá hacerlo? Oh Dios mío, por Vuestro amor y por las almas. Oí entonces a Jesús.

No pecaste, hija mía, no pecaste, confía en Mí la mayor de las consolaciones, desde Mí toda la reparación posible.

Mira hijita, tu Ángel de la Guarda, encargado de cuidarte, recibe ahora la misión de velar por ti, cambiándote de posición cuando lo necesite en estos combates. Anímate, estoy contigo.

Quedé entonces en la posición de costumbre, y después de unos momentos, empecé a sentir que aún tenía en mí aquel rico tesoro que el demonio había hecho desaparecer. Mi alma sintió tanta alegría al ver que poseía aquella riqueza. Quería abrazar el rico tesoro, quería besarlo. Sentí la alegría de una madre que, habiendo perdido a su hijo, de nuevo vuelve a encontrarlo.

No sé decir la alegría de mi alma. No sé decir los cuidados que esto me da, estoy siempre recelosa de que alguien pueda robarlo. Todo quiero hacer, todo quiero sufrir para que no corra peligro.

Ayer, sin reflexionar, dije una palabra que me pareció que disgustaba a Jesús, quedé tristísimo. Me humillé delante de Nuestro Señor, estaba avergonzada.

Perdóname, mi Jesús, ¿qué soy sin Vos ¿

Este dolor me acompañó todo el resto del día y la mayor parte de la noche. En la madrugada, al hacer mi preparación para la llegada de Jesús, no pude resistir el dolor. Lloré, lloré. Tenía mucha pena de haber molestado el Corazón divino de Jesús. Quería un sacerdote que con su santa absolución purificase mi alma.

Purifícame, Jesús, purifícame. Ve el dolor que tengo de haberos disgustado. Estoy sola, sin ninguna ayuda de la tierra. No me faltes, perdóname, perdóname. Acepta el dolor que tengo de haberos disgustado, por todos los que pecan gravemente y no lo tienen.

Este dolor continuó al transcurrir el día y siempre vigilando lo que tengo guardado en mi corazón. Unas ansias destructoras de poseer mundos, millares de ellos, y gritarles siempre: Ama, ama a Jesús.

Dios mío, no sé si venceré, no sé si resisto tanto sufrimiento. Quiero veros amado por todos y no quiero saberos ofendido. No puedo sentir vuestro dolor.

¡Pecado, triste pecado, que tanto hieres a Jesús!  ¿El Amor, mi Amor, que especie de ternuras tienes para darles? Los espero, los presiento. Tengo miedo. Si me hieren mucho, os amo. ¡Cuánto mayor fuera el dolor, con Vuestra gracia, mayor será mi amor. Cielo, váleme, acude a mí!